| Era una vez un caballero,
un tipo alto con aire de superioridad, que tenía por
costumbre bajar al mercado de Portsmouth el primer domingo
de cada mes con el fin de aprovisionar su biblioteca. Yo le
reconocía por el coche en que su criado le traía.
Era del color más negro que se podía imaginar,
pero estaba rematado en lo alto por una hilera de estrellas
plateadas, como si el hombre tuviese interés en un
mundo ajeno al nuestro.
En 1787, al mando del capitán William
Bligh, la fragata Bounty parte hacia Tahití. El Almirantazgo
británico le encarga recoger árboles del pan
para transplantarlos en las colonias del Caribe. Se trataba
de conseguir un producto económico para alimentar a
los esclavos de las islas que recogían caña
de azúcar. Bligh era un experto en navegar por el Pacífico;
ya lo había hecho a las órdenes del legendario
capitán Cook. Como en todas las penosas travesías
de aquella época, la tripulación tenía
por delante un duro y largo viaje.
En “Motín na Bounty” (2008), John Boyne
se acerca a un hecho histórico ya narrado llevado al cine en tres ocasiones, con actores de tanta fama
como Clark Gable (1962) y Mel Gibson (1987). Pero Boyne narra el viaje de la
Bounty con una mirada reflexión y nos presenta un complejo mundo dominado
por el poder y la ambición. |